sábado, 8 de diciembre de 2012

Aquella Manzana nunca me supo a nada



He decidido hablar. Me cansé de escuchar mitos, cuentos, historias relacionadas conmigo y con mis decisiones. La gente me juzga, cuando son iguales o peores que yo. Me atrevería a decir que peores, pues yo no tuve ningún modelo a seguir, no tuve ni papá, ni mamá, ni hermanos. Anduve sólo en aquel jardín, hasta el día que me arrancaron la costilla. No conocía a nada, ni a nadie. Todo era nuevo.
Recuerdo que desperté en aquel lugar, ahora lo puedo describir porque pude darle nombre, sin embargo, en aquel momento no sabía nada. Muchos dicen que era hermoso,  que yo no supe apreciar lo que tenía, y hasta cierto punto es verdad. Lo que la mayoría no dice, o no sabe, es que yo no conocía nada diferente. No pude apreciar la belleza del lugar, porque simplemente no conocía la fealdad. Nunca imaginé que sucedería algo malo, porque hasta ese momento no sabía lo que era malo. De todos modos, las cosas no son tan hermosas como la gente piensa.
 El día de mi creación fue sumamente extraño y desesperante. Estaba cubierto de polvo y arena, tenía una incertidumbre terrible, no sabía quien era, qué estaba haciendo en ese lugar. La arena me maltrataba, veía para todos lados y no podía entender nada. Los únicos seres que, quizás, podrán haber tenido una sensación parecida a la mía, son aquellos que despiertan amnésicos un día. Aquellos  que por una razón u otra, se levantan sin recordar nada de su vida pasada, y aunque pueden caminar y pueden hablar, no comprenden nada de su entorno, hasta que recuerdan. Yo, sin embargo, no tenía nada para recordar. Tuve que interpretar todo, darle nombre a cuanto objeto me rodeaba y buscarle una función. Así fue que pude comenzar a sobrevivir durante un poco más de novecientos años.
Todo, en cierto modo, se lo debo a ella. Valiente y cobarde, astuta e ingenua, ambiciosa y esclava, buscó para mí la luz y acabamos en la nada. Aquella maldita bestia rastrera la escogió a ella. Yo, más que obediente, siempre he sido un cobarde, ella no. La bestia nunca se hubiese tomado la molestia de tentarme, estoy impregnado de conformismo. Ella, por el contrario, siempre estuvo en busca de algo más. Aquello que un día se nos prohibió, hoy se lo presentaban en bandeja de plata como la puerta a la sabiduría, a la grandeza, a igualarse a aquel que un día nos creó.  Ella cayó en la trampa, y al no conocer el egoísmo, también compartió conmigo lo que en bandeja le brindaban, qué tonta.
Con aquel acto de desobediencia demostró  cuan peligrosa podría ser ¡Una mujer queriendo ser igual al Grande? ¡Al Grande,  que también es hombre?  Por ello su castigo fue mayor al mío. Ella trajo el pecado al mundo, más su pecado no fue la desobediencia. Su pecado fue el querer igualarse, su pecado fue buscar la sabiduría y entregármela. Aquella manzana nunca me supo a nada, de no ser por ella, no hubiera tenido el valor de acercarme si quiera a aquel árbol. Aquél gusto que irradiaba su mirada al saborear aquella fruta, yo no pude sentirlo. Siempre he sido un cobarde, por eso hubo que someterla, culparla de todo, encerrarla en esa cárcel llamada casa. Ella, desde allí, ya se está revelando. Nuevamente conspira, es solo cuestión de tiempo.